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Energía y bienestar

Qué es el amor propio y cómo aprender a quererte siendo introvertido

Qué es el amor propio, en qué se diferencia de la autoestima y cómo quererte y aceptarte sin intentar ser otra persona, también si eres introvertido.

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Hombre sentado en el sofá de noche con una manta y una taza entre las manos, mirando tranquilo por la ventana con la ciudad iluminada al fondo
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Viernes, nueve de la noche. Marta tenía una cena con los compañeros de trabajo a las diez y a las siete ha escrito que no iba, que le dolía la cabeza. No le dolía. Estaba cansada después de una semana de reuniones y le apetecía su sofá, su serie y nadie alrededor. Lo raro es que no lo disfruta. Se pasa la noche dándole vueltas: «otra vez igual», «ya verás el lunes», «¿por qué no puedo ser normal y tener ganas de salir como todo el mundo?». Ha elegido descansar y se está castigando por ello.

Si te suena, no te falta fuerza de voluntad ni vida social. Lo que suele faltar en esa escena es otra cosa: amor propio. Te cuento qué es de verdad, en qué se diferencia de la autoestima, por qué a muchos introvertidos nos cuesta tanto y qué se puede hacer para tratarse mejor sin intentar ser otra persona.

Qué es el amor propio

El amor propio es la forma en que te tratas a ti mismo. Tratarte con el mismo respeto, la misma paciencia y la misma comprensión que tendrías con alguien a quien quieres. No depende de lo bien que te salgan las cosas ni de lo que opinen los demás: es la base desde la que te relacionas contigo, tanto en los días buenos como en los malos.

Tener amor propio no significa creerte mejor que nadie ni estar siempre contento contigo. Significa que, cuando te equivocas o cuando no encajas en lo que se espera de ti, no te conviertes en tu peor enemigo. Puedes reconocer lo que no ha ido bien sin decirte cosas que no le dirías nunca a un amigo.

Y tiene una parte que a menudo se olvida: aceptarse a uno mismo. Aceptar cómo funcionas, qué te carga y qué te agota, sin vivirlo como un defecto que hay que corregir.

Amor propio, autoestima y autocompasión

Se usan como sinónimos, pero no son lo mismo, y la diferencia ayuda mucho.

La autoestima es la valoración que haces de ti: cuánto crees que vales. El problema es que esa valoración casi siempre necesita una vara de medir, y la vara suele ser la de los demás. Valgo si apruebo, si caigo bien, si soy tan sociable como mi compañero. Por eso sube y baja con cada comparación.

La psicóloga Kristin Neff, que lleva años estudiando la autocompasión, propone otra cosa: en lugar de intentar valorarte siempre más, tratarte bien también cuando no estás a la altura. Para ella, la autocompasión tiene tres partes: ser amable contigo en vez de juzgarte con dureza, recordar que equivocarse y sufrir es algo que nos pasa a todos, y mirar lo que sientes sin exagerarlo ni esconderlo. Lo explica en su libro Sé amable contigo mismo y en su web sobre autocompasión.

En un estudio que hizo con Roos Vonk en 2009, la autocompasión se asoció a una sensación de valía más estable que la autoestima y mucho menos atada a compararse con los demás. Es un estudio de la propia Neff y mide relaciones, no causas, así que conviene tomarlo con prudencia. Pero la idea encaja con la experiencia de mucha gente: lo que da tranquilidad no es ganar la comparación, sino dejar de necesitarla.

En el día a día, cuando hablamos de amor propio solemos referirnos a esa mezcla: aceptarte, tratarte bien y no vivir pendiente de la vara de otro.

Por qué a muchos introvertidos nos cuesta querernos tal como somos

Ser introvertido no es un problema de autoestima. Pero muchos crecimos oyendo que había algo que arreglar: «habla más», «no seas tan serio», «sal un poco, que te vendrá bien». Con los años, esa voz de fuera se queda dentro, y acabamos midiéndonos con la vara de los extrovertidos: la persona que llena una sala, que nunca se cansa de gente, que contesta rápido en las reuniones. Susan Cain lo llama el ideal extrovertido y le dedica buena parte de El poder de los introvertidos.

Con esa vara siempre sales perdiendo. No porque te falte algo, sino porque estás midiendo otra cosa. Necesitar tiempo a solas, preferir una conversación tranquila a una fiesta o pensar antes de hablar no son fallos de fábrica. Son rasgos de cómo funcionas, y lo explico con más detalle en qué es un introvertido.

Hay otra razón por la que cuesta soltar la autocrítica, y es que parece que protege. El psicólogo Paul Gilbert, al que cita Neff, plantea que criticarse a uno mismo funciona como una forma de rebajarse antes de que lo hagan otros: si ya me he dicho que soy un desastre, el juicio ajeno duele menos. Es una hipótesis, no un experimento, pero explica bien por qué esa voz es tan difícil de callar: cumple una función.

Si además confundes introversión con timidez, la cosa se complica, porque empiezas a pelear contra algo que ni siquiera es un problema. Tienes las diferencias en introvertido o tímido.

Aceptarse no es resignarse

El miedo más común es este: «si me acepto como soy, me voy a quedar así para siempre». Parece que la exigencia y los reproches son el motor que nos hace mejorar.

El psicólogo Carl Rogers, que pasó décadas escuchando a sus pacientes, llegó justo a la conclusión contraria. Lo resumió en una frase: «cuando me acepto como soy, puedo modificarme». Para Rogers, la aceptación no es el premio al final del cambio, es lo que lo hace posible. Mientras peleas contra lo que eres, gastas toda tu energía en defenderte, disimular y justificarte. Cuando dejas de pelear, esa energía queda libre.

Hay estudios que apuntan en la misma dirección:

  • Un trabajo de Powers, Koestner y Zuroff (2007) siguió a universitarios con sus objetivos académicos, sociales y de salud. Los más autocríticos avanzaron menos que el resto y reconocían dejar las cosas para más tarde con más frecuencia. La dureza con uno mismo no empuja: frena.
  • Según los estudios de Neff, las personas que se tratan con comprensión tienen el listón igual de alto que las demás. Lo que cambia es que no se machacan cuando no llegan.
  • En un experimento de Mark Leary y otros (2007), a un grupo se le pidió recordar un fracaso y escribir sobre él con comprensión hacia sí mismo. Ese grupo sintió menos rabia, ansiedad y tristeza, y además asumió más responsabilidad por lo que había pasado.

Este último dato desmonta otra idea muy extendida: que ser comprensivo contigo es buscarte excusas. Es al revés. Cuando no te estás defendiendo del látigo, puedes mirar de frente lo que hiciste.

Cómo quererte a ti mismo en el día a día

El amor propio no se consigue con una frase en el espejo. Se construye con gestos pequeños y repetidos, sobre todo en los momentos en los que te tratas peor.

Escucha cómo te hablas

Durante un día, fíjate en lo que te dices cuando algo sale mal. No hace falta cambiarlo todavía, solo oírlo. Luego hazte una pregunta sencilla: ¿se lo diría así a un amigo al que quiero? Si la respuesta es no, ya sabes por dónde empezar. Y si esa voz no para de dar vueltas a lo mismo, te ayudará lo que cuento sobre cómo dejar de sobrepensar.

Cambia la vara de medir

Deja de compararte con quien funciona de otra manera. La pregunta útil no es «¿soy tan sociable como él?», sino «¿estoy viviendo de una forma que me sienta bien y que se parezca a mí?». Rogers describía el crecimiento personal justo así: ir pasando de buscar la aprobación de fuera a juzgar desde dentro. No es un interruptor, es un camino, y estar a medio recorrido no es fracasar. Viktor Frankl lo planteaba de otra forma en El hombre en busca de sentido: la pregunta no es qué esperas tú de la vida, sino qué espera la vida de ti.

Recuerda que no eres el único

Cuando algo te sale mal, la autocrítica te cuenta que solo te pasa a ti. No es verdad. Cansarse después de un evento social, quedarse en blanco en una reunión o sentirse un impostor en el trabajo le pasa a muchísima gente. Si esto último te suena, lo cuento en síndrome del impostor.

Cuida tu energía sin pedir perdón

Volver a casa antes, decir que no a un plan o reservarte la tarde del domingo no es ser antisocial: es mantenimiento. Si alguna vez te has preguntado si es raro necesitar tanto espacio, lo hablo en por qué me gusta pasar tiempo a solas. Conocer tu batería social te ayuda a organizarte sin tener que justificarte cada vez.

Pon límites

Querer a los demás no exige dejarte para el final. Decir lo que necesitas con claridad y sin agresividad es una forma de respetarte. Si te cuesta, tienes ideas concretas en asertividad y en cómo establecer límites.

Después de un fallo, pregúntate qué aprendes

Cuando algo no sale, cambia el «¿qué me pasa?» por «¿qué haría distinto la próxima vez?». En otro estudio de Neff, los estudiantes que se trataban con comprensión tras suspender un examen veían el suspenso como algo de lo que aprender y no como una prueba de que no valían. La forma en que te hablas después de fallar decide en buena parte si vuelves a intentarlo.

Lo que el amor propio no es

No es egoísmo. Cuidarte no significa desentenderte de los demás; de hecho, quien está en paz consigo mismo suele tener más paciencia con los otros.

No es narcisismo. El narcisista necesita sentirse por encima de los demás. El amor propio no necesita compararse con nadie.

No es sentirse bien siempre. Habrá días en que no te guste lo que has hecho. El amor propio no borra eso, solo cambia cómo te tratas en esos días.

Y no es dejar de mejorar. Ya has visto que es al revés: tratarte bien no rebaja el listón, quita el miedo a intentarlo.

Cuándo pedir ayuda

Si la voz crítica no se apaga nunca, si te sientes sin valor la mayor parte del tiempo o si la tristeza o la ansiedad te duran semanas y afectan a tu vida, no es cuestión de esforzarte más en quererte. Lo mejor es hablarlo con un profesional de la psicología. Pedir ayuda también es una forma de amor propio.

Volviendo a aquel viernes

Marta podría haber vivido la misma noche de otra manera. Elegir el sofá no era el problema: estaba cansada y lo necesitaba. El problema era el tribunal que montó después. Con un poco más de amor propio, la noche habría sido otra: «esta semana ha sido larga, hoy toca recargar, el próximo plan con el equipo me pillará con más ganas». Mismo sofá, misma serie, sin castigo.

Quererte siendo introvertido no consiste en convertirte en otra persona. Consiste en dejar de pedirte perdón por ser quien eres. Y si todavía no tienes claro dónde estás, el test de introversión es un buen punto de partida.

Preguntas frecuentes sobre el amor propio

¿Qué es el amor propio?

Es la forma en que te tratas a ti mismo: con respeto, paciencia y comprensión, también cuando te equivocas o no encajas en lo que se espera de ti. Incluye aceptarte tal como eres, sin vivir tus rasgos como defectos.

¿Cómo quererse a uno mismo?

Empieza por escuchar cómo te hablas y preguntarte si le hablarías así a un amigo. Deja de medirte con la vara de otros, cuida tu energía sin justificarte, pon límites y, después de un fallo, pregúntate qué aprendes en lugar de castigarte.

¿Es lo mismo amor propio que autoestima?

No del todo. La autoestima es cuánto crees que vales, y suele depender de compararte con los demás. El amor propio y la autocompasión tienen que ver con cómo te tratas, y no necesitan ganar ninguna comparación.

¿Tener amor propio es ser egoísta?

No. Cuidarte no significa desentenderte de los demás. El egoísmo pone tus intereses por encima de los de todos; el amor propio solo evita que te pongas siempre en último lugar.

¿Por qué a los introvertidos les cuesta tanto quererse?

No porque tengan menos autoestima por naturaleza, sino porque muchos han crecido oyendo que debían ser más sociables. Medirse con la vara de los extrovertidos hace que siempre salgan perdiendo. Aceptar cómo funcionas es el primer paso para dejar de hacerlo.

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