Hablar en público no es cosa de extrovertidos. Hay muchas personas introvertidas que dan clases, dirigen reuniones, presentan proyectos o hablan ante cientos de personas, y lo hacen muy bien. Lo que las distingue no es que no les cueste, sino que han aprendido dónde les cuesta y cómo prepararse para ello.
Para un introvertido, hablar en público suele tener dos dificultades que conviene separar. La primera son los nervios, que le dan a casi todo el mundo, introvertido o no. La segunda es la energía: estar a la vista de mucha gente gasta energía, y gasta más a quien es introvertido. Saber cuál de las dos te pesa más cambia lo que necesitas hacer.
En este artículo vamos a ver cómo prepararte de una forma que encaje con tu manera de funcionar, qué dice la investigación sobre los nervios, cómo responder preguntas sin quedarte en blanco y cómo recuperarte después.
Lo que de verdad le cuesta a un introvertido (y lo que no)
Mucha gente da por hecho que el introvertido no sabe hablar en público. No es cierto. Lo que suele costarle no es hablar, sino tres cosas muy concretas.
Improvisar. Una persona introvertida suele necesitar pensar antes de hablar. Una charla preparada no es problema; lo difícil es lo que no se puede preparar, como las preguntas del público o el momento en que alguien te pide que digas «unas palabras» sin avisar.
Estar a la vista. Saber que decenas de personas te miran a la vez gasta mucha energía. No es miedo necesariamente: es estímulo, y el introvertido se satura antes.
El después. Muchos introvertidos dan una charla estupenda y luego necesitan desaparecer un buen rato. El psicólogo de la personalidad Brian Little, que ha estudiado este fenómeno, explica que se puede actuar fuera de la propia forma de ser y hacerlo muy bien, pero que el coste se paga después. Lo contamos en Características de una persona introvertida.
Lo que no es un problema del introvertido es el miedo en sí. El miedo a hablar en público es de los más comunes en cualquier tipo de persona, y cuando es muy intenso tiene incluso nombre propio: glosofobia. Si lo que sientes es sobre todo miedo a quedar mal, más que cansancio, quizá te interese leer sobre la diferencia entre introversión y timidez.
Lo que ya haces bien te sirve aquí
No se trata de que los introvertidos sean mejores oradores, sino de que algunas costumbres muy habituales en ellos son justo las que una buena charla necesita.
Preparar. Muchos introvertidos prefieren llegar con las cosas pensadas. En una presentación, eso es una ventaja enorme: la mayoría de las charlas flojas no lo son por falta de carisma, sino por falta de preparación.
Escribir. Si te expresas mejor por escrito, aprovéchalo. Escribir la charla te ayuda a ordenar las ideas y a encontrar las frases que funcionan, aunque luego no la leas.
Escuchar. Fijarte en cómo reacciona la gente, adaptar el ritmo o darte cuenta de que una idea no ha quedado clara son cosas que se le dan bien a quien está acostumbrado a observar.
Ir al fondo. Una charla que dice pocas cosas pero bien explicadas suele recordarse más que una que dice muchas de pasada. Si lo tuyo es profundizar, tienes media charla hecha.
Hay muchas personas introvertidas conocidas que han hablado en público con éxito. Si te apetece ver ejemplos, tienes una lista en las 15 personas introvertidas más famosas de la historia.
Antes: prepara la charla a tu manera
Empieza por una sola frase
Antes de abrir el PowerPoint, escribe en una frase qué quieres que la gente se lleve de tu charla. No el tema, sino la idea. «Vengo a hablar de productividad» es un tema. «Trabajar menos horas pero sin interrupciones rinde más que trabajar muchas horas con interrupciones» es una idea.
Si no puedes decirlo en una frase, todavía no sabes lo que vas a decir. Y si lo tienes claro, todo lo demás se ordena alrededor.
Usa una estructura sencilla
No hace falta inventar nada. Una estructura que funciona casi siempre es esta: empieza con algo que enganche (una pregunta, una historia breve o un dato sorprendente), desarrolla dos o tres ideas como mucho, y termina volviendo a la frase del principio.
Tres ideas son suficientes para casi cualquier charla. Cada idea más que añades es más que recordar para ti y más que retener para el público.
Ensaya en voz alta, pero no memorices
Leer la charla en tu cabeza no es ensayar. Hay que decirla en voz alta, de pie si puedes, y a ser posible con el tiempo controlado. Así descubres qué frases se atascan, dónde te falta aire y cuánto dura de verdad.
Lo que no conviene es memorizar el texto palabra por palabra. Si te aprendes un guion exacto y se te olvida una frase, te pierdes entero. Es mejor saberte el orden de las ideas y contarlas con tus palabras cada vez.
Hay una excepción: los primeros treinta segundos. Esos sí merece la pena tenerlos muy ensayados, porque es cuando los nervios están más altos. Si el arranque sale solo, el resto suele venir detrás.
Conoce el sitio
Llegar con tiempo, ver la sala, probar el micrófono y saber dónde vas a estar de pie quita muchas incertidumbres. Para un introvertido, además, tiene otra ventaja: la sala vacía o con poca gente es mucho menos estimulante que la sala llena. Si te habitúas a ella antes, el cambio cuando se llene será menor. Si los entornos con mucho estímulo te saturan, lo explicamos en Sobreestimulación en introvertidos.
Prepara también las preguntas
Este es el paso que más se salta, y para un introvertido es probablemente el más importante. Muchas personas introvertidas se quedan en blanco cuando tienen que responder en el momento, delante de todos, y tienen la respuesta clarísima media hora después.
La solución es anticiparse. Antes de la charla, escribe las cinco o seis preguntas que es más probable que te hagan, incluidas las incómodas, y prepara una respuesta breve para cada una. No las vas a acertar todas, pero sí la mayoría, y eso reduce muchísimo la improvisación.
Organiza el día de la charla
Para una persona introvertida, la charla no empieza cuando sube al escenario, sino por la mañana. Llegar a la presentación con la energía ya gastada es uno de los errores más comunes y de los más fáciles de evitar.
Si puedes, deja libre la mañana o las horas previas: nada de reuniones seguidas, comidas largas con gente ni llamadas que puedan esperar. Es buen momento para dar un paseo, repasar las notas con calma o simplemente estar en silencio.
Ojo con el rato justo antes de empezar. En muchos eventos hay un café, un cóctel o un rato de charla con los organizadores. A un extrovertido eso le sirve para calentar. A muchos introvertidos les vacía justo antes de necesitar la energía. Saluda, sé amable y luego date permiso para apartarte unos minutos: revisar tu material o ir a un sitio tranquilo es una razón perfectamente válida.
Y si la charla es a primera hora, prepara la noche anterior todo lo que puedas: la ropa, el portátil, el adaptador, las notas impresas. Cada pequeña decisión que no tengas que tomar esa mañana es energía que te guardas para hablar.
Los nervios: lo que dice la ciencia
Se te notan mucho menos de lo que crees
Cuando estás nervioso hablando en público, tienes la sensación de que todo el mundo lo ve: el temblor en la voz, las manos, la cara. Los psicólogos Kenneth Savitsky y Thomas Gilovich llaman a esto la ilusión de transparencia: creemos que nuestros estados internos son mucho más visibles para los demás de lo que en realidad son.
Lo comprobaron con personas que tenían que hablar en público. Los oradores sobrestimaban mucho lo nerviosos que parecían. Y lo más interesante: a quienes se les explicó esta ilusión antes de hablar parecieron más tranquilos y dieron mejores charlas que quienes no lo sabían.
Así que ya tienes la mitad del efecto: ahora lo sabes. Lo que sientes por dentro se ve mucho menos por fuera.
Mejor «estoy emocionado» que «tengo que calmarme»
El consejo más habitual ante los nervios es intentar calmarse. Pero cuando el corazón va a mil, calmarse a la fuerza es difícil.
La investigadora de Harvard Alison Wood Brooks probó otra cosa. Antes de dar un breve discurso, pidió a unos participantes que se dijeran a sí mismos «estoy emocionado» y a otros «estoy tranquilo». Los que se dijeron «estoy emocionado» dieron discursos más largos, más persuasivos y parecieron más seguros y competentes.
La explicación es que los nervios y la emoción se parecen mucho en el cuerpo: el corazón acelerado, la energía, el estómago encogido. Es más fácil pasar de nervioso a emocionado que de nervioso a tranquilo. No es magia, pero cuesta muy poco probarlo.
Respira más despacio de lo normal
Respirar despacio, sobre todo alargando la salida del aire, ayuda a que el cuerpo baje un poco de revoluciones. Hazlo un par de minutos antes de empezar, y también en las pausas durante la charla.
Durante la charla
Las pausas son tus aliadas
Los nervios aceleran. Mucha gente habla más rápido en público de lo que lo haría en una conversación, y eso cansa al que habla y al que escucha. Hacer pausas da tiempo al público para asimilar lo que dices y te da a ti tiempo para respirar y ordenar la siguiente idea.
A los introvertidos, que suelen necesitar pensar antes de hablar, las pausas les vienen especialmente bien. Un silencio de dos segundos que a ti te parece eterno, al público le parece seguridad.
Habla a personas, no a la sala
Mirar a una masa de caras es abrumador. Mirar a personas concretas no lo es tanto. Elige tres o cuatro caras amables en distintas partes de la sala y ve hablándoles a ellas, una idea a cada una. Te sentirás más en una conversación que en un escenario.
Usa notas sin miedo
No hace falta hablar sin papeles. Unas tarjetas con las ideas principales, en orden, son una red de seguridad que tranquiliza mucho. Lo único que conviene evitar es leer: las notas son para mirar de vez en cuando, no para seguir línea a línea.
Si te quedas en blanco
Le pasa hasta a los oradores con más experiencia. Algunas salidas:
- Haz una pausa y bebe agua. Nadie lo verá como un fallo.
- Mira tus notas: para eso están.
- Repite la última idea con otras palabras. Muchas veces eso basta para recuperar el hilo.
- Si no vuelve, salta a la siguiente idea de tu estructura. El público no sabe qué había en medio.
Las preguntas del público
Para muchos introvertidos, el turno de preguntas es más difícil que la propia charla, porque no se puede preparar del todo. Algunas formas de ganar tiempo y responder mejor:
Repite la pregunta. Sirve para que todo el mundo la oiga y, sobre todo, te da unos segundos para pensar.
Pide un momento. «Buena pregunta, déjame pensarla un segundo» es una frase completamente normal. Nadie espera que respondas al instante.
Responde corto. No hace falta explicar todo. Una respuesta breve y clara es mejor que una larga y dudosa.
Ofrece seguir después. «No quiero darte una respuesta a medias. Si me dejas tu correo, te lo mando bien explicado.» Para alguien que se expresa mejor por escrito, es una salida perfecta, y además queda muy bien.
Hablar en público también es hablar en reuniones
Para mucha gente, el «hablar en público» más frecuente no es una conferencia, sino la reunión semanal del trabajo. Y ahí el reto del introvertido es otro: no es que no sepa qué decir, sino que la conversación va tan rápido que no encuentra el hueco.
Los autores de Conversaciones cruciales, un libro muy influyente sobre comunicación en el trabajo, explican que en una buena conversación todos aportan su parte al fondo común de información antes de decidir. Si tú te callas, no es que no pase nada: falta tu pieza. Pensarlo así ayuda a muchos introvertidos a quienes «defiende tu postura» les suena a competición. No se trata de ganar, sino de que tu información esté en la mesa.
Algunas tácticas prácticas: pide el orden del día antes para preparar lo que quieres decir, intervén pronto (cuanto más esperas, más difícil se hace) y, si no encuentras el momento, manda tus ideas por escrito después. Si diriges equipos, tienes más ideas en el líder introvertido.
En presentaciones por videollamada
Hablar ante una cámara tiene sus propias dificultades: no ves bien las reacciones y te ves a ti mismo todo el rato. Un consejo sencillo que sale de la investigación del profesor de Stanford Jeremy Bailenson sobre el cansancio de las videollamadas: oculta tu propia imagen. Dejar de mirarte reduce mucho la tensión y te permite centrarte en lo que dices.
En un brindis o en una boda
Aquí la regla de oro es la brevedad. Dos o tres minutos son suficientes: una anécdota, un deseo y el brindis. Escríbelo, ensáyalo un par de veces y llévalo en una tarjeta. Nadie espera un discurso perfecto, y menos de alguien a quien se le nota que lo ha preparado con cariño.
Después: recupera tu energía
Hablar en público gasta mucho, aunque haya salido bien. Por eso conviene planificar el después igual que el antes.
Si puedes, no pongas nada exigente justo detrás de una charla importante. Busca un rato a solas, aunque sean diez minutos en un sitio tranquilo. Y si el evento sigue con comida o cóctel, date permiso para irte antes o para hacer una pausa. Es lo que mucha gente describe como recargar la batería social, y si al día siguiente sigues sin energía, quizá estés ante una resaca social.
Lo que no conviene es repasar la charla en bucle buscando todo lo que salió mal. Si quieres mejorar, apunta dos cosas que salieron bien y una que cambiarías la próxima vez, y déjalo ahí.
Cómo practicar sin agotarte
Como cualquier habilidad, hablar en público mejora con la práctica. La clave para un introvertido es practicar de forma progresiva y sin quemarse.
Empieza pequeño. Intervenir en una reunión, presentar algo a tres compañeros o explicar un tema a un grupo de amigos ya cuenta.
Grábate. Verte en vídeo es incómodo, pero es la forma más rápida de mejorar. Y suele confirmar lo de la ilusión de transparencia: los nervios se notan mucho menos de lo que creías.
Busca un entorno seguro. Hay clubes de oratoria en muchas ciudades, como los de Toastmasters, donde se practica en grupos pequeños y con gente en la misma situación.
Lee sobre ello. Hay buenos libros sobre comunicación y crecimiento personal; tienes algunas recomendaciones en los 20 mejores libros de crecimiento personal. Y si te interesa cómo la psicología puede ayudarte a sacar partido de tu forma de ser, lo contamos en cómo la psicología te ayuda a aprovechar la introversión.
Cuando el miedo es demasiado
Para algunas personas, hablar en público no es solo incómodo: es tan angustioso que lo evitan a toda costa, aunque les cueste oportunidades en el trabajo o en los estudios. Si ese es tu caso, no es una cuestión de técnica ni de ser introvertido. Puede tratarse de ansiedad social, y tiene tratamiento. Hablarlo con un psicólogo es una decisión sensata. Tienes más información en ansiedad social e introversión: parecidas, pero no iguales.
Preguntas frecuentes
¿Un introvertido puede ser buen orador? Sí. Ser introvertido no impide hablar bien en público. Lo que cambia es que le cuesta más energía, que suele necesitar más preparación y que después necesita recuperarse.
¿Cómo controlo los nervios antes de hablar en público? Prepárate bien, ensaya en voz alta el principio, respira despacio y prueba a decirte «estoy emocionado» en vez de intentar calmarte. Y recuerda que los nervios se notan mucho menos de lo que crees.
¿Es mejor leer la presentación o improvisar? Ninguna de las dos. Lo mejor es saberte el orden de las ideas y contarlas con tus palabras, con unas notas breves como apoyo. Leer suena rígido, e improvisar del todo suele salir peor de lo que parece.
¿Qué hago si me hacen una pregunta que no sé responder? Puedes decir que es una buena pregunta y que prefieres no responder a medias, y ofrecer mandar la respuesta por escrito después. Es honesto, profesional y te quita la presión del momento.
¿Por qué me quedo agotado después de hablar en público aunque haya ido bien? Porque estar a la vista de mucha gente y sostener la atención consume mucha energía, sobre todo a una persona introvertida. Que te canse no significa que lo hayas hecho mal. Reserva un rato tranquilo después.
Tu primera charla no tiene que ser buena
Hay una trampa muy común: pensar que, como eres introvertido, no vas a hacerlo bien, y por eso no intentarlo. Pero nadie hace bien su primera charla, ni la segunda. Los buenos oradores, introvertidos o no, son sobre todo gente que ha hablado muchas veces.
Así que la meta de la próxima vez no es brillar. Es hacerlo, recuperarte y apuntar qué cambiarías. Con eso, la siguiente ya será un poco mejor.
