Para alguien introvertido, los extrovertidos son como una especie fascinante: hablan con soltura, se sienten cómodos en casi cualquier entorno social, parecen tener una batería infinita para estar con gente y, lo más desconcertante de todo ¡disfrutan de ello!
Desde nuestra perspectiva, ser extrovertido es algo curioso. No malo, no mejor. Simplemente diferente.
Una forma de habitar el mundo que, a veces, parece hecha a medida para ellos y en la que nosotros tenemos que aprender a encontrar nuestro rincón.
Pero ¿qué es exactamente ser extrovertido?
Y más importante aún: ¿cómo lo percibimos quienes funcionamos al revés?
Contenido del artículo
Extrovertido: definición técnica y emocional
Según Carl Jung, los extrovertidos son personas que obtienen su energía del mundo exterior: de las interacciones sociales, del movimiento, de la estimulación constante.
Mientras que los introvertidos recargamos estando solos, los extrovertidos se apagan si pasan demasiado tiempo en soledad.
Eso es lo que dice la teoría.
Pero desde los ojos de un introvertido, un extrovertido es mucho más que eso.
Un extrovertido es ese amigo que te llama para “tomar algo” sin haber planeado nada.
Ese compañero de trabajo que habla con todos los del pasillo y aún le queda voz para una reunión más.
Esa persona que, en vez de pensar antes de hablar, habla para pensar.
Y aunque a veces eso puede ser abrumador para nosotros, también hay en ello algo admirable.
Lo que envidiamos (un poco)
No lo vamos a negar: los extrovertidos tienen habilidades sociales que a muchos introvertidos nos cuesta desarrollar. Ellos parecen disfrutar de lo que a nosotros nos agota.
Se lanzan a las conversaciones sin miedo, improvisan con naturalidad, hacen networking como si estuvieran en una fiesta con amigos de toda la vida.
A veces, desde nuestro rincón silencioso, los miramos con una mezcla de asombro, cansancio anticipado y una pequeña envidia.
¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden estar tan cómodos en medio del bullicio? ¿Cómo no necesitan desconectarse tras horas de interacción?
Lo que para ellos es recarga, para nosotros es gasto.
Y eso crea dos velocidades muy distintas para vivir.
Lo que no entendemos del todo
Para un introvertido, muchas cosas que hacen los extrovertidos pueden parecer exageradas o innecesarias. Por ejemplo:
- Hablar sin parar. A veces sentimos que llenan cada silencio como si fuera algo peligroso. Para nosotros, el silencio no solo es cómodo, es necesario.
- Salir todos los fines de semana. ¿No se cansan nunca? ¿No disfrutan de una tarde entera sin tener que ver a nadie?
- Contar su vida en voz alta. Nosotros procesamos las cosas en privado. Ellos lo hacen en voz alta, muchas veces en grupo. Es otra lógica.
- Preguntar tanto. No siempre queremos explicar qué nos pasa. Ellos quieren saberlo todo ya.
Desde fuera, puede parecer invasivo. Pero sabemos que no lo hacen con mala intención. Es simplemente su manera de conectar.
Lo que valoramos
Por suerte, muchos introvertidos hemos aprendido a rodearnos de buenos extrovertidos. Esos que no te exigen ser como ellos.
Que entienden que tu silencio no es desprecio. Que no se ofenden si no contestas al momento. Que te invitan sin presión.
Los extrovertidos empáticos son un regalo.
Nos sacan de nuestra cueva, pero sin arrastrarnos.
Nos incluyen, pero respetan nuestra necesidad de espacio.
Nos dan conversación cuando la necesitamos y también nos entienden cuando no tenemos nada que decir.
En un mundo donde se premia hablar, ellos pueden usar su voz para defender nuestro silencio.
Los malentendidos típicos
- “No me hablas, seguro estás enfadado.” No, simplemente estoy procesando. O descansando. O mirando las nubes.
- “Ven, te va a gustar una vez estés ahí.” Puede ser, pero llegar hasta ahí ya me ha agotado. Necesito más tiempo para mentalizarme.
- “No digas que no antes de probar.” A veces sé que no quiero desde antes. Y no es por ser negativo. Es porque me conozco.
Muchos extrovertidos interpretan nuestra calma como frialdad, nuestra pausa como inseguridad, nuestra necesidad de espacio como desinterés.
Pero no es así. Simplemente tenemos formas distintas de estar presentes.
Dos mundos que se necesitan
A pesar de las diferencias, introvertidos y extrovertidos no son enemigos ni opuestos.
Son complementarios.
Un extrovertido puede aportar movimiento, energía y sociabilidad.
Un introvertido puede aportar profundidad, escucha y reflexión.
Juntos, podemos equilibrarnos.
Ellos nos invitan a salir al mundo.
Nosotros les recordamos la belleza de quedarse dentro.
Las mejores relaciones no son entre iguales, sino entre quienes se respetan.
Lo que aprendemos de ellos
Ser introvertido no significa vivir cerrado. Y los extrovertidos, aunque no lo sepan, nos enseñan algunas cosas valiosas:
- Que no pasa nada por hablar con un desconocido.
- Que la espontaneidad puede ser divertida.
- Que no todo necesita planificación.
- Que compartir más no siempre es malo.
Gracias a ellos, a veces salimos de nuestro caparazón.
Y descubrimos que también podemos ser sociables, cuando el entorno lo permite.
No para cambiar nuestra esencia, sino para expandirla.
En conclusión
Ser extrovertido, desde los ojos de un introvertido, es vivir con el volumen más alto, con más luz, con menos filtro.
Y aunque a veces eso nos abruma, también lo valoramos.
Porque el mundo necesita esa voz. Esa energía. Esa apertura.
Solo pedimos que, de vez en cuando, bajen el volumen. Que hagan pausas. Que respeten el silencio.
Y nosotros, a cambio, prometemos no encerrarnos del todo.
Asomar la cabeza. Compartir. Estar.
Porque al final, extrovertidos e introvertidos no son rivales.
Son dos formas complementarias de sentir, crear, vivir.
Y cuando se encuentran desde el respeto, hacen del mundo un lugar más completo.
